El director chileno establecido en Bélgica anticipa su debut al frente de la Orquesta Usach, explica cómo hizo un arreglo de la “Cuarta sinfonía” de Gustav Mahler y reflexiona sobre su experiencia con múltiples repertorios, desde Bach a la música de países como Irak y Catar.

David Navarro-Turres. Foto: Georges Lillywhite.
David Navarro-Turres nació en Antofagasta y tuvo su primera formación musical en Chile, pero ha desarrollado la mayor parte de su trayectoria en el extranjero. Acabó sus estudios en el Conservatorio Real de Bruselas, donde se tituló como intérprete de clarinete y director orquestal y coral, y desde entonces transformó a esa ciudad en su centro de actividades.
En la capital belga dirige a la Orquesta Filarmónica y al Coro Filarmónico de Bruselas, además de colaborar con agrupaciones como la Orquesta Nacional de Bélgica, la Banda Real de la Fuerza Aérea Belga y diversos ensambles de cámara. Ahí también aborda los aviones que lo han llevado a puntos del planeta que para un director chileno pueden parecer exóticos: ha trabajado con la Hong Kong Symphony Orchestra y la Qatar Philharmonic Orchestra, por ejemplo.
Su vínculo con Chile, sin embargo, nunca se ha extinguido. En los últimos años ha conducido a la Orquesta de Cámara de Chile y a agrupaciones de Antofagasta, La Serena y Concepción, en un recorrido que por estos días sumará un nuevo nombre: la Orquesta Usach.
Navarro-Turres debutará al frente del elenco con un programa que tendrá dos funciones: este martes 11 de agosto en la Casa de la Cultura de Cerro Navia (19:00 horas, entrada liberada) y el miércoles 12 en el Teatro Aula Magna Usach (19:30 horas, entradas gratuitas en Portaltickets). Este último, además, será transmitido en vivo por Radio Usach, a través de sus señales 94.5 FM y 50.2 de televisión digital y, por el canal de YouTube de la Usach.
Ambos conciertos estarán dedicados a la Sinfonía nº 4 en sol mayor de Gustav Mahler (1860-1911), que tendrá como solista a la soprano Tabita Martínez y se escuchará en un arreglo del propio director, que se estrenará en Chile. “Esta versión la hice en la época del covid, para no volverme loco en mi casa en Bruselas”, cuenta con humor.
Será el debut del director con la Orquesta Usach, pero no será la primera vez que trabaje con la agrupación. Antes de emigrar, participó en varios conciertos como invitado en clarinete: “Mi profesor, Jorge Rodríguez, tocaba en la Orquesta Usach, así que estuve en varios programas”, recuerda. “Me acuerdo del buen ambiente que había, que eran bien amigos entre ellos, y de la buena acústica que tenía la sala, el Aula Magna. Sé que ahora se hacen conciertos gratis y eso es una locura en cualquier parte del mundo: que se hagan conciertos de esta calidad y sean gratis”.
“Además, yo trabajé en Cerro Navia enseñando clarinete, entonces para mí es un regalo ir para allá a tocar esta obra, para personas que quizás no tienen acceso a escuchar una sinfonía de Mahler. Yo nací en Antofagasta y viví en una población, provengo de un barrio que es así, sé que es difícil tener ese acceso. Si hay una orquesta en Santiago que lo hace, chapeau”.
En esta entrevista, David Navarro-Turres habla en detalle sobre su arreglo para la Cuarta de Mahler, cuenta cómo es su trabajo en Bruselas y reflexiona sobre los múltiples cruces musicales que permite su rol como director.
¿Por qué elegiste a Mahler y esta sinfonía en particular?
La Cuarta es la sinfonía más de cámara de Mahler, entonces era la que más se adecuaba para reducir su orquestación. En segundo lugar, había un gusto personal, sobre todo por el tercer movimiento. Me acuerdo que aparece en una película, El maestro de música (1988), y cuando yo era chico me llamó mucho la atención. Después mi madre me dijo que era parte de una sinfonía de Mahler.
Por otro lado, es una sinfonía que toca mucho a las personas que queremos cuidar todavía esa manera de ser de la infancia. Esta sinfonía es eso: el poder y la belleza de la infancia, desde el primer movimiento hasta el último. Va hacia una parte muy importante para Mahler que fue su niñez. De hecho, al principio, es como cuando un niño está aporreando dos teclas en un piano, como se dice en chileno. Me llamó la atención ese tema de la infancia y la música de la infancia. Cuando uno empieza a estudiar, descubre la música y se vuelve loco, es como una droga. Uno empieza y no lo deja nunca más.
Más allá de ser un arreglo para una orquesta más pequeña, ¿cuáles son sus principales diferencias con la sinfonía original?
Esta sinfonía tiene componentes que Mahler adecuó a un lenguaje más romántico, pero lo primero que hay que saber es que los movimientos son estructuras bien clásicas, no hay nada que salga mucho de ese espectro.
Armónicamente, las típicas sinfonías clásicas empezaban con un acorde y terminaban en el mismo o empezaban en modo menor y terminaban en mayor. Por ejemplo, la Quinta de Beethoven: empieza en do menor y termina en do mayor. Sin embargo, Mahler no hace eso y es otro challenge al hacer un arreglo: ¿por dónde empezar? Porque él escribió esta sinfonía desde el último movimiento hasta el primero. Primero tomó el Das himmlische Leben del ciclo de lieder y después construyó la sinfonía entera, entonces lo primero que tuve que hacer fue escuchar el ciclo y ver si se podía sacar algo para el arreglo.
Por ejemplo, puse un trombón bajo, que da cierta profundidad a los grandes tutti, porque cuando reduces la orquesta te va a faltar el poder que normalmente hay en Mahler. Había que saber qué instrumento podía dar esa profundidad. Y el arpa, que generalmente tiene momentos en la sinfonía, aquí toca mucho más, porque considero que en Mahler esos colores son muy importantes.
Además, creo que lo bueno de este arreglo es que uno puede ir mucho a los detalles. El hecho de tener un equipo reducido implica que todas las personas tienen que estar completamente preparadas, no hay lugar para una nota falsa, que es lo que pasa con una orquesta de cámara. Mi idea también era esa, que cada uno se sienta un poco solista.
¿Cómo caracterizas el texto del último movimiento?
En los manuscritos originales, Mahler escribió algo así como que los músicos estén conscientes de que en el final del tercer movimiento se está abriendo el cielo. Entonces en este movimiento hay un angelito, si se puede decir así, que está en el cielo y empieza a hablar de comida, de un banquete. Lo interesante es que en la parte central Mahler no se olvida de que él también fue muy crítico con la iglesia, con las cosas eclesiásticas, y hay una parte satírica donde este niño habla de un cordero que va al matadero. Es interesante, porque es un niño, en un sueño o fantasía, cantando en el cielo, pero entre medio encontramos esto.
Por otra parte, es un movimiento muy complicado para la soprano. La idea no es hacer una parodia de un niño, pero tampoco estamos cantando ópera. Estamos describiendo algo en el ensueño, en la mente de un niño, y creo que esa es la magia que uno debe traducir. Al final, la música son símbolos que uno lee y toca, pero la música no está ahí. La música está en la interpretación de esos símbolos y uno llega a una especie de poesía. Si llegas a tocar eso, ya hiciste el trabajo. Por eso es difícil, porque la soprano tiene que meternos en ese ambiente, en una persona que está en el cielo cantando… ¡y en alemán!

David Navarro-Turres. Foto: Georges Lillywhite.
¿Cómo es el trabajo que haces actualmente en Bélgica?
Tengo un coro y una orquesta con quienes trabajo hace varios años y los tengo en mi corazón, porque todos hemos crecido. Tuve la suerte de empezar a trabajar con ellos cuando terminé el máster e hice el camino de los directores de antaño, que es hacerse el repertorio y trabajar con una orquesta. Equivocarse y acertar con la orquesta. Eso hice, en un país que tiene 12 millones de habitantes, pero tiene cinco orquestas en la capital, así que la competencia es feroz. Además, el viernes va la Filarmónica de Berlín, el sábado viene San Francisco, la otra semana llega la Concertgebouw y el sábado próximo viene Filadelfia. Además, uno tiene acceso a escuchar el nivel de cuerdas de Bélgica, la escuela belga-francesa de Eugène Ysaÿe, que es muy alto.
Musicalmente, ¿cuál es su principal foco?
Hago obras clásicas, como el Stabat Mater de Dvořák, que tuvimos recién en junio, pero también estamos haciendo proyectos un poquito más crossover. Por ejemplo, en octubre tenemos un concierto de música irlandesa, con gaitas y todo. Después vamos a hacer un concierto con música árabe y andaluza. Son proyectos que me interesan. Mahler me encanta, pero me volvería mono si solo tengo que hacer ese tipo de música. Necesito otras cosas.
Creo que en este momento, a menos que seas una de las grandes orquestas, como la Filarmónica de Berlín o Concertgebouw, la subsistencia está en el cruce de diferentes estilos, que tampoco tiene por qué ser algo chabacano. Por ejemplo, en noviembre tengo que ir a Catar para un concierto de música iraquí y catarí, ¡y tengo que estudiar como loco! Toda la música árabe para orquesta es un mundo que en Occidente no hacemos, pero me interesa. Creo que uno tiene que ser capaz de dirigir desde Bach hasta ese tipo de música. No digo que siempre haya que hacer André Rieu, que tampoco me gusta, pero bueno… hay una razón por la cual André Rieu viene a Chile y llena varios Movistar Arena, ¿no?
Porque provoca algo en el público…
¡Claro! Y la gente sale del concierto en las nubes. Creo que no hay que denigrar tanto y hay que mantenerse a flote haciendo las cosas de una manera profesional. Yo vi el concierto de la Orquesta Usach con música de Víctor Jara, ¡fue increíble! Súper lindo. Mientras más flexible sea un artista, mejor. Es algo que te abre el mundo, la música no es solamente Mozart. Por supuesto, él es un maestro, pero también hay otros compositores, otra música. ¿Por qué no probarla?
Sin embargo, acá ni siquiera es habitual escuchar mucho repertorio latinoamericano, las obras de nuestro continente.
Hay mucha música, ¿sabes? Mi mujer tocaba en una orquesta en Lituania que solo tocaba música lituana. Es una locura, es un país de cuatro millones de habitantes, pero si piensas en países como Lituania, Letonia y Estonia, la música es increíble, de verdad te lo digo. Tienen un lenguaje propio, una manera propia de describir, una sonoridad completamente distinta.
Por supuesto, uno debe atraer al público, pero en Bruselas lo hemos intentado. El concierto con el que vamos a abrir la temporada tiene una primera parte de música de Qatar e Irak, danzas increíbles con un violinista kurdo y un percusionista turco, y la segunda parte es la suite Peer Gynt. Me estoy abriendo por esos lados porque creo que ahí está la subsistencia de las orquestas. No creo que el mundo sea blanco y negro, el mundo es gris y hay que ir por ahí. Hay que ser más curioso también, a veces los músicos pecamos de eso.
Bruselas es una ciudad multicultural, también es un buen lugar para hacerlo.
Sí, hay 160 lenguas en la ciudad, en mi orquesta hay 19 nacionalidades. O sea, el chovinismo queda de lado…
No tiene ningún sentido, ¿no?
Es verdad, pero igual tienes que poner obras conocidas, hay que saber mezclar y tener una visión de la dirección artística para ir por ese camino. Nosotros empezamos a hacerlo hace unos tres años y ha resultado. Nos han llamado para hacer este tipo de conciertos y giras, pero también es posible que vayamos a Estados Unidos para una gira por los 200 años de la muerte de Beethoven. O sea, nada exótico, pero tenemos esa conciencia. La gente con la que trabajamos sabe que habrá conciertos clásicos, pero también uno medio cruzado, que se va a hacer de la misma forma. Es lo que intento: cortar un poco esa separación con el público, que nos hace mal.


Rodrigo Alarcón López – 11/08/2026