La joven directora debuta este miércoles 30 de septiembre con la Orquesta Usach, en un programa que contempla estrenos inspirados por Gabriela Mistral y Elvira Hernández, además del Concierto del sur de Manuel María Ponce. En esta entrevista anticipa detalles de esa presentación y proyecta una carrera cuyos orígenes se remontan a su infancia en Los Andes.

Virginia Vergara. Foto: Carlos Moisés Villanueva.
Pasar desde el atril de violinista al podio de dirección no es extraño. La historia está plagada de historias de intérpretes que, en algún momento de su vida, tomaron la batuta, se pararon frente a una orquesta y siguieron su trayectoria desde ese rol de responsabilidad absoluta. No es tan habitual, sin embargo, que ese tránsito ocurra durante la juventud.
Virginia Vergara Meneses (2000), una violinista que comenzó a tocar en la Fundación Orquesta Sinfónica Infantil de Los Andes y luego siguió sus estudios en la Universidad Católica de Valparaíso, ya recorrió esa pequeña —y simbólicamente enorme— brecha que separa al violín de la dirección.
A sus 26 años, es titular de la Camerata Cordillera y de la Orquesta Sinfónica Infantil Metropolitana (OSIM), el primer eslabón en el sistema de la Fundación de Orquestas Juveniles e Infatntiles (FOJI). También ha conducido a la Orquesta de Cámara del Teatro Municipal de Santiago, al Solístico de Santiago y agrupaciones como la Sinfónica de Antofagasta y la Orquesta de Cámara de Puerto Montt. Además, ha sido asistente en varias orquestas y su formación registra clases magistrales y actividades en países como Brasil, Italia, Alemania y Bélgica. En los últimos días, por ejemplo, hizo una pasantía en la Freie-Musik Akademie de Basilea, en Suiza,
El fin de septiembre marcará un antes y un después en ese trayecto: el próximo miércoles 30 (19:30 horas), en el Teatro Aula Magna, Virginia Vergara debutará al frente de la Orquesta Usach. Será su primera colaboración con una orquesta profesional de Santiago. Será, dice ella, un hito: “Es una tremenda oportunidad y un honor dirigir a una de las mejores orquestas que hay en el país, en mi opinión, en cuanto a sonoridad y profesionalismo. Es realmente un elenco muy importante. He tenido la oportunidad de dirigir en muchos lugares y creo que esas experiencias han sumado para tener esta posibilidad”.
Además, su debut será con un programa nada convencional. En el marco del Festival Poesía & Música (detalles y entradas gratuitas aquí), la Orquesta Usach estrenará dos obras: Desolación, de Gipson Reyes y Marcelo Stuardo, está basada en textos de Gabriela Mistral, mientras que La bandera de Chile, de Karla Schüller, fue compuesta a partir del poema homónimo de Elvira Hernández. El programa se completa con el Concierto del sur, del compositor mexicano Manuel María Ponce, que tendrá al joven guitarrista Tomás Romero como solista.

Virginia Vergara. Foto: Amigos del Municipal.
“La Orquesta Usach se destaca por darle espacio en el podio a directores jóvenes. En su momento, a Paolo Bortolameolli, a Luis Toro Araya, a Ninoska Medel también, que fue mi primera profesora de dirección. En ese sentido me siento cómoda, porque sé que tienen la apertura para hacerlo lo mejor posible con quien sea que está adelante. Eso me da tranquilidad”, comenta.
“Sé que soy de las directoras más jóvenes, en Santiago al menos, pero esa especie de miedo se me ha ido pasando desde que gané el concurso para dirigir la OSIM. Entonces es una responsabilidad, porque sé que no cualquiera tendría la voz y el voto de los colegas para pararse en una situación de tal importancia, y también lo tomo con cariño porque también quiero mucho a la gente que es parte de la Orquesta Usach, donde tengo varios amigos”.
¿Cómo describes el repertorio que abordarás en este concierto?
Creo que el público se va a encontrar con una sensación de protesta y remembranza de cosas que pasan y han pasado en este país. Es muy loco, porque Karla, Gipson y Marcelo no se conocen, pero la música que escribieron tiene un sentido parecido, al visibilizar la identidad de nuestro país en una forma no tan optimista, quizás. La obra de Gipson y Marcelo es muy desoladora, en una tonalidad muy íntima.
Musicalmente, la de Karla no es tan compleja, pero habla de lo complejo que es el concepto de la bandera, la cantidad de aristas que tiene. La bandera es parte de nuestra identidad, pero también parte de la razón por la cual ha habido mucho dolor. Es una dualidad constante entre la realidad que algunos quieren ver y otros no. Entonces creo que el concierto será muy fuerte conceptualmente y muy interesante porque se mezclarán dos áreas. Uno está acostumbrado a ver una orquesta tocando y es maravilloso, pero cuando aparece la voz, la poesía, la música deja de ser tan abstracta. Creo que eso va a generar un impacto grande en el público.
En medio de esas obras, ¿qué va a representar el Concierto del sur?
Va a ser ese momento para respirar un poco. El programa no va a ser desgarrador al punto de incomodar a la gente, pero sí habrá una energía que necesita un poco de distensión y el Concierto del sur va a cumplir ese rol. Es música más ligera, con muchos motivos mexicanos y españoles, bien tonal y amable para oír, entonces va a refrescar un poco el programa. Es muy lindo también para la guitarra, que es un instrumento virtuoso, y pone a prueba el rango de posibilidades que tiene con la orquesta.
Es habitual que una persona que se forma como violinista llegue a la dirección, pero quizás no es tan común que ese paso se dé tan joven. ¿Qué te impulsó a ti?
Yo toco violín desde los nueve años y crecí en un sistema que era de lunes a viernes. Salía del colegio a las cuatro de la tarde, entraba a la orquesta y me iba para la casa a las nueve de la noche, entonces mi formación orquestal fue heavy. Hubo mucha disciplina, mucho repertorio y mucha comunidad. Cuando salí del colegio, mi madre me impulsó a estudiar en el conservatorio y al segundo año ya empecé a estudiar dirección.
Comencé con Ninoska Medel, porque estábamos juntas en la Orquesta de Mujeres de Chile y ella ofreció abrir una cátedra. Cinco chicas de la orquesta levantamos la mano y empezamos un proceso de tres años con clases todas las semanas, juntándonos, haciendo análisis, clases de batuta, etc. En paralelo, estudiaba violín e iba a la Sinfónica Nacional Juvenil… era un caos, pero esa era mi vida. Entonces la decisión no la tomé hace tanto tiempo, pero sí es algo que comencé a estudiar casi al mismo tiempo que empecé con el violín en forma académica.
Era una idea que estaba latente…
Como desde los 14 años, cuando tuve mi primera experiencia frente a una orquesta. Yo estuve en la Fundación Orquesta Sinfónica Infantil de Los Andes y el director de ese entonces me dejó hacerlo. Me dijo: “Mira, párate acá. Si mueves tu mano, la orquesta suena”. Estábamos viendo la Quinta de Beethoven, lo hice y sonó: “ta-ta-ta-tan”. Yo quedé impresionada: ¿qué era eso? Esta sensación de acción-reacción, tan inmediata, me dejó el bichito ahí. Cuando se dio la oportunidad, ya a los 19, la tomé no más.
¿Qué foco quieres darle a tu trabajo como directora? ¿Es algo que ya puedes visualizar o es muy pronto?
Para contestar esa pregunta, quiero dar una vuelta un poco larga en la vida. Que pase un tiempo más, porque tengo destellos de lo que podría ser, pero ninguna certeza. Yo crecí viendo a los mejores directores de este país, me han dirigido todos, desde Juan Pablo Izquierdo hasta Rodolfo Fischer, y uno recopila formas que quiere y otras que no quiere. Hace poco tiempo estuve en Brasil, en un festival donde tú veías ensayar al maestro y resultaba todo, pero era una persona muy violenta, con un trato realmente cuestionable. Era todo lo que yo no quiero ser, así como hay otros directores que me han volado la cabeza.
Por otro lado, sí hay repertorio que se me da más fácil que otro, como que me vuelan las manos. Es muy extraño.
¿Cuál?
Beethoven y el repertorio francés. No sé por qué, no me cuesta tanto llevar a la práctica el repertorio francés.
¿Debussy, Ravel?
Ambos, pero también me he encariñado con Lili Boulanger. Ahora estoy haciendo el Preludio a la siesta de un fauno, Shéhérazade de Ravel, Una mañana de primavera de Lili Boulanger, un arreglo del Claro de luna. Es música que tiene un significado muy profundo para mí, es algo muy personal. Siento que por eso me llega y también lo puedo manejar de manera distinta. También me gusta mucho la música contemporánea. En realidad me gustan todas las músicas, pero sí me he dado cuenta —y mi esposa también me lo dice— de que hay cosas donde me vuelan las manos, solo vuelan. No sé por qué, solo pasa.
Hay una pregunta que quisiera no tener que hacer a esta altura, pero sigue siendo necesaria: ¿qué valor tiene para ti ser mujer y dedicarte a la dirección?
Cuando yo partí, conocía solo tres directoras: Alejandra Urrutia, Ninoska Medel y María Clara Marco, una directora argentina. Eran las únicas. Después, muy de a poco, fui conociendo a otras como Alejandra Rivas y Yeny Delgado. Yo decía: ¿pero cómo?
Entonces yo veo este concierto en la Usach como una oportunidad para que sea más natural ver a directoras. O sea, yo hago conciertos con música de videojuegos, por ejemplo, y hasta hoy aparecen niñas y niños que me dicen que es la primera vez que ven a una directora. ¡Me lo han dicho tantas, tantas veces! Espero que eso deje de pasar, que se vuelva algo habitual. Es cierto que hay menos mujeres interesadas en la dirección, pero hay bastantes. Lo poco son las oportunidades para que tengan espacio en el podio. Es verdad que es difícil ganárselo, no es fácil… pero sí que ha sido más fácil para los varones, a lo largo de la historia.
Para mí, esto es una emoción muy personal porque se relaciona con esa niña que fui y en algún momento se preguntó cómo era posible que no hubiera más directoras. Es fuerte, pero es necesario seguir hablando de esto. Es necesario recordar que tenemos las mismas capacidades que el género masculino. De eso se trata la equidad.

Rodrigo Alarcón López – 22/09/2026